Había una vez un rey,
que vivía solo en su castillo,
no era feliz
y no hacía nada para cambiar
su desgracia.
Todas las noches
asomado a su ventana,
contemplaba la luna
que las aguas acariciaba.
Mientras su desdicha lamentaba,
pasaban los días,
pasaban las noches
y los ojos vacíos
le pasaban.
En una comarca,
no muy lejana,
vivía una princesa que...
la misma luna observaba.
Ella admiraba los dedos de plata
con que el bello astro
las aguas pintaba.
Y, de vez en cuando,
emocionada,
de sus ojos vivos,
caía una lágrima.
Y así pasaban las noches,
las largas noches pasaban,
cada uno tras su ventana.
Él, en la soledad de su castillo
y ella...
ella, en la de su comarca.
Sin darse cuenta siquiera
que al menos, así,
se acompañaban.

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