¡Oh, mundo!
¿Qué sería de tí,
sin los cobardes?
¿Qué sería de tí,
sin los que huyen?
Y... qué sería
sin las espinas,
sin la hiel,
sin la envidia.
¿Y si no hubiesen
gladiadores,
cómo sería?
Y sin segadores de alas,
la vida,
¿sería la misma?
Sin aguijones,
sin lanzas,
sin puñales,
¿alguien, se lo imagina?
La vida sin menosprecio
ni humillaciones.
Sin dolores,
sin desvalorizaciones,
acaso...
¿podría llamarse vida?
Muchas veces me pregunto:
sin personas que desgarran,
¿el mundo giraría?
Porque parece necesario,
porque ha de ser importante,
incluso, hasta ley de vida.
Una suerte de equilibrio
de energías.
Porque no encuentro
otra explicación.
Que donde se ponga bondad,
siempre ande hermana malicia.
Donde se siembre ternura,
siempre se recoja hermana grosería.
Y donde se entregue paz,
siempre triunfe hermana guerra.
Hoy...
veo manchas negras
en un cielo
que debería haber sido
el más azul,
el más brillante,
ése... donde miraría tus ojos,
que hoy se han convertido
en fuego.

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